lunes, octubre 17, 2005

No sé qué cara poner

Las razones que me llevan a actualizar a estas horas de la mañana son varias; las mismas que provocan mi insomnio. No es que los gatos se estén peleando por ver quién ocupa el preciado sitio entre mis piernas, que sí. O la angustia vital que me tiene anulado, algo ciclotímico, y que me hace ser patético más tiempo del recomendado para una persona de mi edad y preferencias sexuales, aunque también.

Mientras en la teletienda anuncian el típico aparatito "enlarge penis" que tantas veces nos han ofrecido ya en spam de hotmail, y en "Nosolomúsica" un artista noruego cree descubrirnos en su obra la peculiar relación del hombre con los animales, yo voy a contar el fin de semana.

El viernes pasará a la historia como un día nefasto. Fui con M. a ver la última película perpetrada por Cédric Klapisch. No voy ni siquiera a citar el título, me niego: la continuación de aquella película de estudiantes Erasmus en Barcelona. Debió ser que al señor éste le apetecía mucho ocupar su tiempo libre, o que necesitaba comer algo caliente, y decidió hacer una segunda parte lenta, absurda, pretenciosa y plagada de clichés. Por si fuera poco no debían tener problemas de celuloide y es atrevida hasta con la duración. Es la primera vez que me he planteado seriamente abandonar la sala.

Con este panorama y un terrible sabor de boca del que nos intentamos deshacer con un kebab, fui abandonado y me dirigí a El Naranja a oír cantar a Lois Casino, aka Artemisa. Cuando llegué estaba cantando "Alta Felicidad", y cerró el repertorio con una versión acústica de "In your eyes" dedicada a Claudio. Ann llegó tarde y hecho polvo, tanto que a las dos de la mañana ya estaba yo en casa medio achispado diciéndoles guarradas a los gatos ante la mirada atónita de Mrs Eric.

El sábado fui a la Filmoteca a ver "20 cm", en una sesión para los miembros de la Academia que tienen que nominar, y mi última oportunidad de verla en la gran pantalla. Y claro, después de ver el engendro del día anterior y de escuchar las críticas tan malas, me gustó mucho. Porque hacer un musical creo que es lo más complicado en cine y Ramón Salazar aprueba con nota; porque Mónica Cervera hace un transexual creíble (¿acaso no es ella en realidad transexual?); porque Lola Dueñas hace de su capa un sayo y hace lo que quiere con su pelo; porque Najwa por fin deja de lado el susurro y habla alto y claro; porque Pablo Puyol en sí me da un poco de reparo y aquí incluso me pone; porque Juan Sanz ("La vida mancha", "El séptimo día") de por sí me flipa; porque Madrid vuelve a ser una protagonista más de la historia. Los números musicales son a cada cual más camp. Lo peor: la prótesis genital que se le pone a Marieta, muy muy chunga.

Lo malo de ver este tipo de películas es salir de la sala y oler la realidad, volver a sentir la desazón que provoca darse cuenta de que la vida no es una tómbola. Es entonces cuando uno necesita unaThaiBox, o en su defecto decide vencer el desasosiego a golpe de mastercard. Una cutresudadera hace las veces de mil bolsas de ropa de marca.

Por la noche era el suflé de Patata. Mrs Eric no tenía planes así que decidí echármela al hombro y que se tomara unas copas conmigo por primera vez y sin que sirviera de precedente. Mrs Eric sabe de su potencial (es una MQMF) y desplegó toda su artillería en forma de estilismos/maquillaje/peluquería, saliendo lo que se dice hecha un pincel; mientras tanto, yo iba igual de arrastrado que siempre. Qué extraña pareja en el autobús, donde le puse CocoRosie y ella ponía caras de arcada. Es que Mrs Eric es muy moderna en el vestir y el pensar, pero la música le va más bien clásica.

En El Naranja la Patata recibía a sus invitados impecable y estilosamente vestida con su martiakos y sin bandejón de Ferrero Rocher. Su pinchamiento consistió en una sesión de jitazos, uno tras otro. Llegaron mi hermana con su novio, y Ann con Elda. A estas alturas de la noche todo el mundo había manifestado en mayor o menor medida su admiración e incluso atracción sexual por Mrs Eric que, no consciente de haberse convertido en objeto de deseo de gayis y féminas, se sentaba elegantemente en la barra. No doy nombres porque todos conocemos los efectos del alcohol etílico, pero si alguna de las proposiciones que oí en el baño sigue en pie, razón aquí.

Mrs Eric se fue igual que llegó, y nos quedamos a cerrar el bar. Supervago e Iko se fueron a una fiesta, y los que no teníamos dónde caernos muertos decidimos ir al Nasti, pero por lo visto la fiesta era un chollo y aunque Elda y yo pintábamos más bien poco allí, nos metieron en un taxi en dirección a Alonso Cano. El taxista era un auténtico humorista además de forofo futbolero, y le dio la chapa a Claudio, que se sentó delante y por tanto era el hombre del taxi y le tenía que gustar el fútbol por cojones. La fiesta en la casa duró lo que tardó Patata en deshacerse de su mareo, y Farala y yo teníamos tanto hambre que hicimos presión para ir a comer algo, daba igual qué o dónde. Otro taxi al centro para acabar en el sprint de Alonso Martínez, compartiendo cola con teenagers que salían de bailar reguetón de cualquier sitio. Tuvieron que personarse incluso miembros de los cuerpos y fuerzas, que llegaron blandiendo la porra, y hubo que contener a Farala. Comimos napolitanas, gazpacho y picsas que estaban muy malas pero sabían a gloria. Algunos tuvieron la suerte de dormir en colchón latexnaturadelomonaco, y Farala y yo pusimos rumbo a Cibeles, que es donde acaban las noches de gente de clase obrera como nosotros.

Domingo ha pasado con más pena que gloria. He ido al centro a tomar café con Deivid y sus aitas, que estaban pasando el fin de semana en Madrid. Cómo me quieren, con todo el tiempo que ha pasado, es increíble; y yo a ellos. Luego he desvalijado la colección DVD de DeiViD, que es algo digno de ver. Es que empieza la semana y tengo que hacer algo con todo este tiempo libre que va a acabar con mi salud mental. Si es que me queda algo de eso.

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