sábado, agosto 20, 2005

Madrid, Madrid, Madrid

La vuelta a España
El día de mi regreso me levanté pronto para que no me pillara el toro. Mis compañeros de piso vagaban por la casa como almas en pena mientras yo corría de un lado para otro asegurándome que no me dejaba nada, al menos nada importante. Al fin y al cabo después de tirar kilos y kilos de ropa y otros artículos no quería olvidar el sombrero de tirolés que me trajo Max de Austria y con el que me hice todo el viaje ante el estupor de la tripulación, ni la camisa de trabajo del supermercado más jincho de allí, que aquí será una ultramodernez, y otros items de traka. Allí dejé una paella (sí, está bien dicho, según Arguiñano la sartén especial para hacer paella se llama paella y no paellera), un delantal rojo con lunares blancos y volantes, cajas de azafrán, una lata de callos y otros alimentos no perecederos.

Vino a recogerme Yuu para llevarnos al aeropuerto a su novia y a mí. La despedida con Jonas e Ida fue dura, aparte porque quería decirles muchas cosas e Ida no me dejó porque se estaba echando a llorar. Vivir en esa casa con ellos ha sido lo mejor que me podía haber pasado. Menos mal que tienen pensado venir el año que viene y eso suavizó el adiós.

En el aeropuerto sorprendentemente la maleta sólo pesaba 23 kilos y nadie dijo nada de mi mochila de montañero que con todo el morro del mundo pasé como equipaje de mano. Tuve la tentación de pasarme por el duty free (y tan free), y hacer mi último desfalco a la economía danesa, pero el pensamiento de mi foto dando la vuelta al mundo en los ficheros de Interpol me paró los pies. En la sala de embarque, justo antes de meterme en el avión, hablé con Ann, que como buena dramacuin quiso ser el último en hablar conmigo y echar unas lagrimillas.

El viaje fue de lo más aburrido, sin alguien al lado que te dé el coñazo, o niños dando por saco. Nada, todo perfecto, las azafatas de Iberia majísimas y guapísimas (??), y el azafato majísima también. Una vez en la cinta de equipajes, con mi maleta en el carro y todo listo para salir, me dio el bajón. El chungo, el vértigo, la sensación de final. Me quedé parado, me calcé el sombrero, y enfilé a las puertas de salida, con paso firme, como Melanie en la primera escena de Armas de mujer, y con la música "Let the river flow" en mi cabeza.

El recibimiento
Se suponía que sólo Carol iba a venir a buscarme, pero la que montaron mi hermana y mis amigos fue digna de Inocente, inocente: una cafetería del aeropuerto entera compinchada, gente saliendo de debajo de la barra, y mi hermana llamando por teléfono y saliendo de la nada como en la última escena de La boda de mi mejor amigo. Muy emotivo y muy divertido, la verdad es que no me merecía menos, después del calvario que he pasado ("cómpreme unas cerillitas, caballero").

Ribadesella, ríos de sidra
Al día siguiente no me dio tiempo a mucho porque nos cogimos el coche y pusimos rumbo a Asturias, patria querida. La ida, con Luisja y Alvarito, sin incidentes salvo el control de estupefacientes a la entrada de Ribadesella, en el que 1 coche de cada cinco caía y el nuestro, por supuesto y para no faltar a la tradición, cayó. El perro dejó todo el coche lleno de babas, para nada; me dieron ganas de decirle al agente que jubilaran al pobre can, que no encontró nada. En el camping Piraguas daban la misma pulsera que al año pasado, así que de haberlo sabido habríamos entrado gratis.

Ribadesella esos días es como una playa de Benidorm: la gente acampada en el centro de las glorietas, en parques y jardines, duchándose en los autolavados de coche y borracha perdida. Yo estaba bastante cansado, todavía sin recuperar de la paliza post-proyecto, y por las noches estuve bastante seta y me fui a dormir pronto. Y menos mal, porque la vuelta duró nada menos que 12 horas. A las 15h. decidimos salir de la playa y volver a Madrid, dándonos cuenta de que yo había metido las llaves de mi coche en la mochila de unos amigos de un amigo nuestro. Lo mejor fue la conversación con Luisja:

- Luisja, dame las llaves.
- Yo no las tengo.
- Que sí, que las he metido en tu mochila.
- ¡Pero si yo no he traído mochila!
- ¡Joder, que sí, que las he metido en una mochila que tenía un bote de Axe! (desesperación)
- ¡Pero si tú sabes perfectamente que yo soy fiel a Tulipán Negro!

Reir por no llorar, menos mal que la mochila era de un amigo y no de un cualquiera de la playa. Los amigos llevaban dos horas de viaje rumbo a Bilbao, y yo me los imaginaba de potes en la ría, con mis llaves en su poder y meados de la risa. Gracias al tráfico, sólo habían hecho 50 km. Mientras las chicas cogieron un coche y fueron al rescate de las llaves, los chicos nos quedamos sentados en una terraza pidiendo raciones y sidra a costa del dinero de ellas, todo como muy español.

A las 18h por fin arrancamos. Teníamos que dejar a Javi en Gijón, y nos perdimos para llegar, para encontrar la casa de su primo, y para salir a la autovía. Cuando salimos ya nada nos podía parar, con Kylie a todo trapo en el coche, bailando y travelling light years. Y las risas se convirtieron en llantos: a los 10 minutos la cara de pánico de una chica en el coche de al lado nos alertó de que habíamos pinchado. Dejé el coche en el arcén a 2 metros de la entrada de un túnel, y en curva. Chaleco, triángulos, 50 pasos... cuando volví estaba la guardia civil y mis amigos al otro lado del quitamiedos, con caras de "el no lo haría". Los agentes poco menos que me llamaron maricón por llamar a asistencia en carretera y no cambiar yo mismo la rueda, y me pidieron los papeles a ver si me pillaban en algún renuncio. Para rematar la jugada, estaba todo lleno de ortigas y acabamos con los pies hinchadísimos.

Ya no había risas, ni bailes, ni pa pa pa pa pa pa pa pa pa pa. A la altura de Valladolid, un olor a quemazón hizo saltar las alarmas. Y evidentemente, con el historial que llevávamos, el hecho de que media península ibérica tuviera fuegos declarados no nos parecía suficiente para explicar el olora a socarrat: tenía que ser el motor, el CD, algo del coche. Paremos en una gasolinera y mientras se enfriaba el motor entremos a comer algo. "Yo en cuanto encuentre las bragas me voy de esta fiesta", dije según entraba el segundo despúes de que todo el mundo se hubiera callado, observando cómo una panda de jinchos con caras quemadas, pelos con kilos de sal, sandalias de rumana y ropas de tres días perturbaban la paz de una gasolinera fascisoletana.

Lo último fue el atasco a la 1h en el túnel de Guadarrama, algo que ya nos pareció de muy mal gusto. Tras harer el servicio discrecional y dejar a todo el mundo en casa, llegué a la mía a las 3h, con un coche listo para ir directo al desguace.

Ann y Madrid la nuit
Ann llegó la semana pasada y ya le he visto más que a mi madre. Las sospechas de que en Madrid si nos viéramos sería de casualidad y dando gracias eran infundadas. No hemos parado, y no nos hemos perdido ni un minuto de fiestas, verbenas, terrazas y demás. Que tenemos que recuperar el tiempo perdido.

Madrid está desierto en agosto. Pero tiene sus cosas...

En el próximo post, primeras impresiones acerca de la televisión, la música, la gente, y todo lo cañí en general.

martes, agosto 02, 2005

Fin

Ayer celebramos en casa con una cena que hacía un año aterrizaba en Copenhague con un saco lleno de ilusiones. Fue una cena bastante divertida, con mis compañeros y los chicos, en la que Ann se quedó traspuesta en cuanto se acabó el comercio.

Hoy me he dedicado a hacer la maleta. El estado de nervios del principio se ha convertido en auténtica histeria cuando he pasado de pensar que no cabía ni de coña a ver que sí cabe, pero la maleta pesa más que yo. Y esperate tú la cara que me van a poner en control cuando me vean pasar como equipaje de mano lo que tengo pensado. Dice mi amigo Javi que el arte de meter un año de tu vida en una maleta es algo que sólo los Erasmus saben hacer. La táctica de ponerse los abrigos más gordos la he descartado, no vaya a ser que se piensen que soy un terrorista y caiga abatido en el duty free.

Por la tarde he salido sólo a dar una vuelta para ver por última vez mis lugares preferidos. Ha sido un plan bastante meláncólico, escuchando a Maximilian Hecker mientras estaba en el puerto; me he visto dentro de un melodrama, con la cabeza envuelta en una pañoleta y con mucho viento. Hacía un día bastante frío, nublado, sin una pizca de sol; esta ciudad ha sido inmisericorde hasta el último día. De cualquier forma, me he emocionado. Incluso he conseguido apreciar la belleza que no he visto o querido ver durante el invierno.

Ahora, quiera o no, esto se ha acabado. No sólo el año Erasmus que, con todo lo que conlleva, ha sido tan interesante. Me he quedado flipado pensando en el Flat Eric que llegó aquí y en el que se va. No sé si a peor o a mejor, pero tengo claro que he cambiado. Y lo mejor es que ahora sé muchas más cosas acerca de mí, de cómo me comporto, de cómo reacciono, de cómo hago las cosas.

Se acaba una etapa muy importante de mi vida, en la que casi todo a partir de ahora van a ser novedades. Y como no podía ser de otra forma, tengo un nudo en el estómago que no tengo ni ganas de comer (!!!!!).

¿Qué dejo aquí? Un puñado de amigos que puedo contar con los dedos de una mano pero que han hecho que vivir aquí este año haya sido tan especial como ellos. Espero que mañana no hagamos escenitas porque estoy tan sensible que me veo En Plan Plañidera.

¿Qué me llevo? Aparte de 700 kilos de equipaje y un sobrero tirolés, otro puñado de amigos con los que voy a tener la suerte de poder seguir contando. Madrid es nuestro.

Este diario chapa, porque Flat Eric ya no está de Erasmus en Copenhague. Supongo que seguiré, haciendo algunos cambios, escribiendo chorradas en esta su dirección web amiga.

Gracias a todos los que habéis leído mis historias durante este tiempo.

Pd.- Qué tostón de última entrada por Dior....

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