lunes, mayo 16, 2005

A series of unfortunate events

Esta última semana ha sido un punto de inflexión desde que llegué a Copenhague. No es que me hayan ocurrido una serie de catastróficas desdichas, sino que he estado capeando un montón de cosas desde que llegué y el miércoles sencillamente me derrumbé.

Una técnico de laboratorio que es una auténtica zorra, una reunión con el jefe del departamento, la noticia de que me tengo que quedar hasta agosto aquí, problemas con el acuerdo de estudios a estas alturas, el agobio del proyecto y un teléfono en cuyo otro extremo nadie contesta. A partir de ahí todo vino rodado por la cuesta de la autodestrucción.

Es lo que nos pasa a las personas que, como yo, tenemos mucho aguante y estamos siempre haciendo el payaso: cuando la gota colma el vaso nos venimos abajo. En realidad es totalmente lógico y esto tenía que pasar en algún u otro momento, pero me pilló bastante desprevenido y desarmado. Y en esas condiciones el cerillismo se apoderó de mí.

Dos días un poco zombie, saliendo tardísimo del laboratorio y llegando a casa exhausto. Tiempo para pensar mucho y para darme cuenta de que no estoy sólo aquí: sé que puedo contar con Ann. Después de una discusión por teléfono que ni en “La guerra de los Rose” se plantó en casa con una bolsa de BocaBits y no hicieron falta palabras. Y es cuando no hacen falta palabras cuando uno sabe que tiene un amigo.

También me he dado cuenta de que mis compañeros de piso se preocupan por mí de verdad, y me lo han demostrado. Cuando se fueron los biolocos escribieron una nota diciéndoles a mis compañeros que me cuidaran, y de verdad que lo hacen.

La semana no ha podido acabar mejor. El sábado estuvimos en los carnavales, que aquí se celebran en mayo porque en febrero nadie se atreve a salir de chica de Ipanema por las calles heladas de CPH. Cuando llegamos ya se había acabado todo y fuimos a Stengade 30, un garito de modernitos en el que nos lo pasamos teta con la sesión de hits ochenteros, entre los que colaron “The way you make me feel”, así que me volví loco y bailé a lo Jacko por allí. Y después a nuestros antros de moda, a pasar lista y ver que no faltaba nadie.

El domingo era el día R. Después de 3 días de prewarming llevábamos las letras al dedillo, aunque no nos hace falta porque están tatuadas en nuestro lóbulo temporal. El teatro estaba en el medio de la nada, y después de viajar por cielo, mar y tierra nos dimos cuenta de que mi cámara no tenía pilas y no podríamos inmortalizar ese momento histórico, ese punto de inflexión en la vida de uno. Así que fuimos a comprar unas pilas que costaron como 12€ y que resultaron ser recargables y estar descargadas, y otras 12 pilas alcalinas que duraron 10 fotos. Con caras de pringados nos metimos en el teatro, donde compramos todo el merchandising posible: un programa bastante cutre. Vimos algunas de las letras en danés e intentamos memorizarlas para deleitar a la gente que se sentaba a nuestro alrededor.

A pesar de que hubo algún fallo de sonido, de que algún actor no se sabía muy bien el texto, de que Mark estaba gordo, de que Angel no llegaba ni a su propia suela de los tacones, de que estaba traducido al danés y de que la compañía era ex-amateur, salimos encantados (al menos yo). Eso sí, con la mirada puesta en NY.

La gente nos odió porque no paramos de movernos y cantar y tocar las palmas y llorar de emoción. Claro que acabamos gritándoles “no tenéis ni puta idea de RENT”, porque nosotros somos así de guays e imbéciles, pero ellos son unos impávidos de la vida. Por ejemplo, cuando Maureen canta “Over the moon” y el público tiene que mugir, nos quedamos solos Ann y yo berreando cual vacas de Central Lechera Asturiana. Con lo divertido que es ese número.

Luego fuimos a saludar al cast, porque Ann pertenece a la profesión, y yo algún día también. Nos hicimos una foto con Maureen, que no salió porque mi cámara se comió la ultima pila justo antes, qué suerte.

Después fuimos a comer algo con mucha grasa que no fuera ni Thai Box ni hamburguesa, así que acabamos en un buffet de pizza y ensalada en el que tenemos la entrada prohibida desde hoy. Luego una cervecita y a casa. Como hoy es fiesta me puse “Two for the road” y me quedé dormido mientras veía a Audrey Hepburn, maravillosa, con esos estilismos imposibles, que sólo ella podía hacer elegantes.

Y nada más. Que ya estoy de vuelta después de mi particular semmana horribilis y me voy a cenar albóndigas al curry a casa de mi amiga Bene.

Que las penas con pan son menos.

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