miércoles, abril 27, 2005

Tschüs, Berlín

Berlín, qué genial.

El viaje empezó como una locura, una ida de olla más de las mías. Volviendo de la universidad me di cuenta de que este podía ser el ultimo fin de semana libre antes de meterme de lleno a escribir el proyecto y morirme del asco. Así, dije, me voy a Berlín. Fui a la estación y no había billetes, pero me dijeron que me presentara en el bus por si acaso alguien no aparecía. Subí a casa y metí en la mochila cuatro cosas y el saco. El bus salía en 15 min, así que ni tiempo para sacar pelas. Me presenté en el bus y sobraban dos sitios. Supliqué a la conductora que me dejara subir, que le pagaría el billete cuando llegáramos a Alemania; la mujer, que era sueca, no se hizo la idem, y me dejó subir. Sin un duro, sin billete, sin batería en el móvil y sin alojamiento. Y es que oiga, estas cosas o se hacen así y ahora o no se hacen nunca.

El viaje no se me hizo muy pesado gracias al torrente de adrenalina que corría por mis venas, y al sueco majo y guapo que tenía al lado y fue dando cháchara todo el camino. Llegamos a Berlin a las 6 de la mañana del viernes, con un frio de cojones. Allí conocí a dos chicos de Pamplona majísimos que me dieron la dirección de su albergue para que preguntara. A las 9 de la mañana ya tenía cama, ducha, dinero (en euros!!) y salí dispuesto a comerme la ciudad, o en su defecto, un buen bagel. El tiempo era estupendo así que me fui a Alexanderplatz y me subí a la torre de TV, que tiene el ascensor más rápido de Europa y subes en 6 segundos. Desde arriba unas vistas de la ostia. Parada y fonda en la oficina de turismo. A esas alturas ya me había dado cuenta de dos cosas:

- los teutones que se dedican a la atención al cliente están quemadísimos y te perdonan la vida,
- a la gente no le sale de la pipa hablar inglés,

lo que me pareció que tenía bastante encanto.

Otra de las cosas de las que ya iba advertido pero no dejó de sorprenderme fueron los chiquiprecios; y si vienes de Copenhague todo te parece una ganga. Así que el primer día me dediqué a hacer ruta por tiendas de segunda mano y comprar ropa al peso, como en la carnicería. Y a cortarme el pelo, que ni en Madrid se corta el pelo uno por 8€. Y a comer en sitios guays por 6€.

Me pareció totalmente maravilloso andar por la calle entre tanta gente, como en Madrid, con lo que me gusta perderme entre el barullo (y meterme dentro). Por la noche salí solo pero no por mucho tiempo. En el primer bar en que estuve conocí a dos chicos de BCN en un principio majos, estuvimos charlando y tomando unas cervezas. Luego aparecieron otros dos, también de la ciudad condal, y ya hicieron piña y no me hicieron ni puto caso. Ni falta que me hacía porque los nuevos se tiraron todo el rato que pude soportarles diciendo, con una cadencia que me ponía de los nervios:

- Pues vaya mierda de ciudad, noooooooooooooooooo? Es que no hay un sitio como Salvationnnnnnnnnnnnnnnnn? Queremos ir a un sitio como Salvationnnnnnnnnnnnnnn! (todo como con cara de tener cacosmia crónica)

Venga hombre por favor, que yo no he estado en la Salvation, pero vamos. Cuando me quise deshacer de ellos era tardísimo y me fui a dormir dos horitas. Pero ya me habían dicho el sitio ineludible al que debía ir el sábado: Berghain/Panorama Bar.

El sábado fue el día cultural, y a sabiendas de que me iba a quedar sin ver muchísimas cosas, prioricé y fui al Neue National Gallerie, construido por Mies Van der Rohe. El edificio muy guay, y el contenido más. De allí al Museo Judío, de Daniel Libeskind. La arquitectura en Berlín es una pasada. El museo contenía demasiada información pero merecía la pena solo el edificio y todo el simbolismo que encerraba; simbolismo que fue desgranado paso a paso por un guía muy guapo que me estuvo siguiendo un buen rato hasta que me puse a hablar con él. Y después de hablar de arquitectura quedamos por la noche en el Berghain, también recomendado por él.

A la salida del museo me encontré con Álvaro, vecino de mi amigo Pocho y compañero también del colegio, uno de esos encuentros en la tercera fase que te meas de la risa y caes en tópicos como "quepequeñoeselmundo" o "quefuertetioquefuertequehacesaqui".

La noche berlinesa es de traka: mucho oso, mucho leather, mucho fetish, mucha casa okupada, mucho punki. Y me encanta. Así que por la noche volví al sitio del crimen, ya que la noche anterior no se había dado mal, para hacer tiempo. Unas cervezas y listo para ir al antro de depravación citado.

Estuve como una hora buscando el sitio, andando por descampados y calles bastante bronxeras. Al final dos germanos me dijeron que también iban allí y que me acompañaban. Ir allí es como ir a Las Barranquillas: un camino de tierra en el medio de la nada y un tráfico de taxis que ni en la M30. El edificio era una planta eléctrica abandonada desde los 50, y que desde entonces nadie parecía haberla tocado o limpiado. A la entrada te cachean como en el aeropuerto, pero no porque teman que lleves armas o cosas por el estilo, sino porque está terminantemente prohibido meter cámaras o móviles con cámara: hay que preservar el misterio y la leyenda. Según entré en la nave lo primero que vi fue unos neumáticos de trailer gigante tirados en el suelo, en los que la peña fornicaba alegre y salvajemente; en otra parte, cienes y cienes de sofas con gente drogándose, durmiendo, trasteando... de todo. En la planta de arriba estaba la pista techno, que es el plato principal del sitio (o es el fornicio?). No es que yo sea súper fan y super entendido del techno y el house, pero la música era tremenda. En la última planta había otra sala de música más tranquila, con sofás y gente relajada y tal. Lo cojonudo es que te podías encontrar cualquier cosa y ver todo lo que ocurría, sin oscuridades ni nada. de hecho en la planta de arriba se hizo de día, y el sol entrando por todas las ventanas, y a la gente se le pelaba. Yo para eso soy bastante vampiro y no soporto que se me haga de día, la luz del sol, pero me dio igual. Conocí a un chico de BCN, un punki con falda escocesa que cada vez que soltaban el típico humo blanco se acercaba sibilinamente a tocarme el miembro, yo no daba crédito. Gente por todos sitios, muchísima gente. No paré de bailar en toda la noche, y no tomé nada de nada: a tope sin drogas.

El sitio aguantaba hasta la noche del domingo, y me hubiera quedado de no haber sido porque me quedaba por ver el Reichstag y no me lo quería perder. Según salí habían montado un mercadillo de antigüedades entre las que encontré artículos bastante de traka: todo tipo de insignias y pins, uniformes de las SS, fotos de Eva Braun y el doctor Mengele, un muñeco de Pumuki que cantaba la canción de la serie en alemán...

En el Reichstag me dio el chungo, provocado por la falta de horas de sueño, la trayectoria espiral para subir a la cúpula y el vértigo cuando llegué arriba. Vamos que tuve que bajar casi sentado. Y conseguí no vomitar, pero no pude evitar quedarme sobadísimo en el césped de enfrente.

Cuando me desperté me fui a ver el Muro y una exposición llamada "Topografía del terror", bastante impresionante. Luego quedé con los de Pamplona para tomar una cerveza, y mientras les esperaba conocí a un alemán llamado Volker, más majo que las pesetas. Eran las 17 y el bus de vuelta salía a las 21.30, pero después de cervecear con los pamplonicas quedé con él. Y me enseñó su barrio, me llevó a sitios flipantes, me invitó a cenar a un sitio chulísimo, me dio una vuelta en coche por Berlín de noche, y me dejó en la estación de autobuses como un caballero. Y así es que uno no puede más que enamorarse de Berlín.

Y me gusta Berlín porque es una ciudad dinámica, en construcción, con obras, totalmente imperfecta, con contrastes, la gente es relajada, el metro se cae a cachos pero cada estación es auténtica, los precios te permiten hacer cosas, la gente no habla inglés y te tienes que buscar la vida; porque he visto parte del Berlin que no sale en guías; porque sé que me quedan muchas cosas por ver, sé que tengo que volver. Porque no se parece en nada a Copenhague, y en algunas cosas es como Madrid; porque es una ciudad con una historia flipante, prostituida por mil regímenes y que sigue alive and kicking.

Porque me fui sin nada, con una mano delante y una detrás, y me he vuelto con una sonrisa de oreja a oreja, de las que no se pagan con metal.

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